HONRO TU MEMORIA. MI AMADO HIJO ADRIÁN. MI AMOR PURO Y VERDADERO. MI ÁNGEL DE AMOR Y LUZ. ERES AMADO


Nadie más conocerá la Fuerza y el Amor de mi Amor por Ti, después de todo, eres el único que conoce cómo suena mi corazón desde dentro.
Honro tu memoria, mi amado hijo Adrián, mi amor puro y verdadero.
Mi Ángel de Amor y Luz.

Estás en mi corazón, en mi alma. Eres Amado siempre.

Mamá

HONRO TU MEMORIA AMADO HIJO ADRIÁN TE ENVÍO LUZ Y AMOR

HONRO TU MEMORIA, AMADO HIJO ADRIÁN
Hijo mío te estoy recordando
La palabra "recordar" viene del latín, "recordar", formando re (de nuevo) y cordis (corazón) ❤Recordar quiere decir mucho más que tener a alguien presente en la memoria.
Significa "volver a pasar por el corazón" ❤Si yo te digo hijo mío, que te estoy recordando, te estoy diciendo que te estoy volviendo a pasar por mi corazón.

En todo el mundo, el encender una vela es un gesto sagrado

EN TU MEMORIA MÍ AMADO HIJO ADRIÁN.

COMENZAR: ENCENDER VELAS

GRACIAS

BENDICIONES

GRACIAS A TOD@S POR COMPARTIR

HIJO MIO ADRIAN. ERES AMADO

Te envío Luz y Amor. Eres amado siempre.

BENDICIONES

❤☀❤☀❤☀❤❤❤☀❤☀❤☀❤

“Perdónate por no saber lo que no sabías antes de aprenderlo

Adrián hijo mío amado, eres Luz y Amor puro y verdadero.

La mariposa misma es el cambio, es un ser que mediante un duro esfuerzo atraviesa una larga y lenta metamorfosis para convertirse de oruga a mariposa. La mariposa es entonces un símbolo de evolución, de belleza, de gracia, de la naturaleza y de la vida misma, pasa de arrastrarse en la tierra a tocar el azul del cielo con una sensación de libertad y ligereza, su capacidad de transformación encarna los cambios, evolución y potencialidades del ser.


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La Transformación de mi hijo, me esta transformando a mi. Mi Amor puro y verdadero. Mi Ángel de Amor y Luz.
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martes, 30 de octubre de 2018

CÓMO AYUDAR

Honro tu memoria mi amado hijo Adrián.



Te ruego que seas amable con esta nueva persona
en la que me vi obligada a convertirme.
Necesito comprensión y paciencia,
te pido por favor que me la des.

A menudo me siento torpe y me equivoco
en mis actividades cotidianas,
y algunas de las cosas que antes hacía
ahora me resultan más difíciles, no sé por qué.

Hay ciertas canciones que no puedo soportar oír.
Y lugares en los que no puedo estar,
Algo tan simple como doblar la ropa me hace llorar;
(Lo mismo pasa cuando voy al súper.)

Si el olor de un sandwich tostado de queso
de pronto me hace derramar algunas lágrimas, 
entiende que le encantaba comerlos en el recreo,
y que pasé años preparándoselos.

No temas mencionar su nombre.
Lo necesito más de lo que imaginas.

No eres tú la razón por la que sufro,
es la pérdida de mi hijo lo que me tiene así.

Préstame tu hombro si necesito llorar,
y escúchame si necesito hablar.
El camino por el que transito es TAN difícil,
es el más duro que recorreré.

Quizá algún día te enseñe sus fotografías
y no me deshaga en llanto.
Dime que entiendes mi sufrimiento, 
No sabes cuánto significaría para mí.

Sé que el dolor irá menguando;
tenme paciencia hasta que ello ocurra; 
nunca volveré a ser la misma persona,
Pues ya no soy la que antes era.

Beverly F. Walker
Tomado del libro Caldo de pollo para el alma- Duelo y Recuperación; de Jack Canfield, Mark Victor Hansen y Amy
Newmark

Transformar dolor en amor

Honro tu memoria mi amado hijo Adrián.

La muerte de un ser querido es una de las circunstancias más terribles a las que debemos enfrentarnos a lo largo de la vida. A la vez, se trata de una situación por la que irremediablemente hemos de pasar.

En ocasiones nos puede parecer que el dolor es insoportable, tanto más en la medida en la que más queremos a la persona fallecida.

Sin embargo, conviene recordar que la elaboración de un duelo puede convertirse en una experiencia enriquecedora, que suponga la maduración y el crecimiento personal; no olvidemos que elaborar un duelo es transformar el dolor en amor.


lunes, 8 de octubre de 2018

Como atravesar el duelo


Toda pérdida tiene cuatro etapas por las cuales inexorablemente hay que caminar si uno quiere vivir el proceso sanamente. Los psicólogos hemos descrito que estas cuatro etapas son: la de shock, la de rabia, la de pena y, finalmente, la de reconciliación con el duelo. Quiero aclarar de inmediato que estas cuatro etapas no son secuenciales ni cronológicas en el tiempo. Uno puede pasar por las cuatro en un día y eso es tan normal como quedarse pegado por un rato en alguna de ellas o sentir que uno avanzó de una etapa a otra y que por algo que pasa se vuelve a retroceder a la que se suponía era la etapa anterior.No hay reglas ni secuencias teóricas, sino individuos e historias que deben respetarse. De hecho, para que un duelo sea evaluado como normal, tiene que haber pasado un año entero, debido a que hay que pasar por todas las fechas que con esa persona fueron importantes: Navidad, Año Nuevo, cumpleaños suyo y mío, "día de..." (lo que sea que se celebraba de acuerdo a las costumbres que teníamos con el que partió), etc. -para poder evaluar si uno literalmente se quedó "pegado" en el duelo y necesita apoyo externo para avanzar.





martes, 4 de septiembre de 2018

Entrevistas > Dra. Anji Carmelo

Honro tu memoria mi amado hijo Adrián.

Entrevista publicada en La Contra de la Vanguardia el 16/06/2003, y realizada por Víctor M. Amela.
Tengo 61 años, nací en Manila (Filipinas) y vivo en Barcelona. Me doctoré en Metafísica en la Universidad de Los Ángeles. Estoy soltera, sin hijos. Soy apolítica. Creo en Dios, en la bondad y en la voluntad de las personas. En mi grupo de duelo ayudo a quienes han perdido a un ser querido a transformar su dolor, a renacer a la vida
Anji Carmelo es una filipina de ascendencia española que vive aquí hace largos años. Ayuda a vivir mejor a enfermos de cáncer y a personas en duelo tras la muerte de un ser amado (= 93 589 54 39). Ella sonríe, escucha, es receptiva a los males del alma... En el libro “Déjame llorar” (editorial Tarannà) argumenta lo muy benéfico que resulta un periodo de duelo bien vivido, y enumera las trabas que pueden interferir el proceso de recuperación de una vida de nuevo gozosa: “Es frecuente culparnos por lo que hicimos... o por lo que no hicimos; o instalarnos en el confortable papel de víctima...”, apunta. En sus grupos de duelo, todos los participantes expresan todo lo que les tortura, y su rabia, y su queja.., “y nadie les juzga por ello”. Y, poco a poco, ese dolor abre puertas a una luz nueva
-¿Qué es el duelo?

–Es ese periodo de tiempo durante el que procesas el dolor que te ha infligido la muerte de un ser muy querido.

–Un dolor emocional...

–¡Y también físico! Puedes sentir abatimiento, punzadas en el ombligo y hasta sentir síndrome de abstinencia de cada ruido, olor, forma, tacto del ser que se ha ido...
–¿Abstinencia? ¿Igual que de una droga?

–Sí. Tus ojos echan de menos el ver al otro en el sofá, tus oídos echan de menos el escuchar su voz o aquellos ruidos que hacía por la casa... ¡La necesidad física es tan grande que, a veces, hace que tú veas u oigas todo eso!

–¿Qué puede hacerse en esa situación?

–Que alguien te explique que existe esa angustia física (que se suma a la angustia emocional y mental). No saberlo puede dificultar el proceso de duelo hacia la recuperación...
–¿Y cómo es ese proceso de duelo?

–Tiene cuatro fases. La primera es la del shock: lo sientes todo como amortiguado, distante, lejano... ¡Como si actuase un barbitúrico natural para algodonar tu dolor!

–¿Y qué pasa después, en la segunda fase?

–No escuchas. Necesitas hablar y que te escuchen. Necesitas expresar tu dolor con palabras, lamentos, gemidos, llantos... En cada sesión de mi grupo de duelo doy un rato a cada participante para expresarse...

–¿Grupo de duelo? ¿Qué es eso?

–Una reunión periódica de personas que sufren porque han perdido a alguien. Ese contacto les alivia y les ayuda a avanzar bien en su duelo, y les ayudo a llegar al renacimiento.
–¿Qué renacimiento? ¿Quién renace?

–Esa persona hundida en su sufrimiento. “Renacimiento” es como yo llamo precisamente a la cuarta y última fase del duelo...

–Pero nos hemos saltado la tercera fase...

–Sí, es cuando empiezas ya a escuchar: es una fase en la que entras y sales del dolor, alternativamente, y eres consciente de ello. Ahí puedes escuchar, y aprender de tu dolor.

–Pero el dolor... ¿qué puede enseñarme?

–¡No aceptar el dolor es sufrir! Si lo aceptas, te fortalece. Descubre áreas ignotas en ti.

–Y... ¿cómo se salta al “renacimiento”?

–Si has expresado todo lo que hay que expresar, y si ya admites a ese nuevo ser que en ti ha nacido del dolor, ¡es cuando renaces!
–¿A qué nuevo ser se refiere?

–Tras la experiencia de dolor, tú ya no eres el que eras antes. Jamás volverás a ser el que fuiste: eres otro. ¡Un ser nuevo! Si lo admites y admites que tu vida puede mejorar (aunque no esté esa persona querida), ¡renaces!

–Suena fácil, sí, pero si a alguien se le muere un hijo, esto debe de ser muy difícil...

–¿Difícil? ¡Es heroico! ¡Con ese dolor, abrir los ojos cada mañana es una heroicidad! Esos padres no saben verlo en ese momento, pero son verdaderos héroes. Al final, sentirán a su hijo dentro de ellos, más cerca que nunca, y vivirán una vida nueva con él.

–¿Cuánto tiempo tiene que transcurrir?

–Cada persona necesita su tiempo. Un año, dos... ¡Pero que nadie se sienta culpable si llega antes! El tiempo de duelo no es el barómetro del amor que sentías por alguien.
–¿Qué técnicas pueden ayudar a “renacer” a quien sufre tras la muerte de un ser amado?

–En verdad, se trata de sentir cariño por uno mismo. Y el grupo de duelo ayuda a eso.

–¿Una pérdida afecta a la autoestima?

–Verá: muchas personas no sienten en verdad cariño por sí mismas. Basan su autoestima en el cariño de otros, del otro. Y si ese otro desaparece, ¡ay! ¡Adiós autoestima!

–¿Y cómo ayuda usted a recomponerla?

–Les digo: “Vamos, ahora que cada uno elogie tres cualidades de cada uno de los demás”. Y se emocionan... Es muy bonito.

–No solemos oír cosas bonitas de nosotros.

–No. Y digo yo: ¿qué nos costaría hacer eso mismo cada día con todo el mundo?

–Ya, es que somos un poco cabroncetes...

–Inténtelo, ¡y verá qué poder tiene eso para transformarlo todo! ¡Es muy contagioso!

–Hábleme de alguna persona cuya actitud durante el duelo le pareciese ejemplar.

–A una mujer le mataron a su hija en Sudamérica. La chica, cooperante, daba dinero cada día a unos y, un día que no tenía, la asesinaron brutalmente. En el funeral, aquí, ¡la madre pidió que rezáramos por los asesinos!

–Rezar por los asesinos de su propia hija...

–Sí: ¡esa mujer ve el mundo con amor! ¡Esa mujer confía en la vida, sin odio, sin juzgar, entiende al ser humano en su totalidad!

–Confiar en la vida... ¿En qué consiste eso?

–Te pase lo que te pase, no te preguntes ¿por qué?, sino ¿para qué? ¡Esa actitud es confiar en la vida! Es estar convencido de que todo es para bien, de que no hay mal...

–¿... que por bien no venga?

–¡Eso! El día que lo entendí, todo cambió: entendí de veras el “hágase tu voluntad”...

–Pero usted, ¿cómo soporta tanto dolor a su alrededor cada día... sin deprimirse?

–¡Yo no creo en la tragedia! No veo tragedia en la enfermedad, en la muerte: las acepto. Por eso puedo ayudar. Y sé que la persona que sufre saldrá fortalecida de su dolor...

–¿Cómo puedo prepararme para la muerte –espero que lejana– de mis seres amados?

–¿Los amas? ¿Les dices que los amas? Hazlo, díselo ¡hoy! ¿Tienes asuntos pendientes con ellos? Resuélvelos ¡ahora! ¿Por qué lo dejas para mañana? A los seres amados, ¡vívelos! Tu presente con ellos, ¡vívelo bien!

–¿Y si soy yo el que muere... esta noche?

–Es bueno planteártelo... Respóndete: ¿qué no quisieras dejar pendiente? ¡Acomételo! Ah, y vive. ¡Uno muere igual que vive! Si gozas de tu vida, de tu presente, gozarás de tu muerte. ¡Vívete! Una vida bien empleada proporciona una muerte feliz. Ah, y si tienes claro cómo quieres morir, así sucederá.


martes, 24 de julio de 2018

Ayudar después de la muerte

En el mundo moderno, una de las más profundas fuentes de angustia para quienes lloran la muerte de un ser querido suele ser, con gran frecuencia, la convicción de que ya no pueden hacer nada para ayudarlo, convicción que sólo agrava y oscurece la soledad de su aflicción. Pero eso no es cierto. Hay muchas, muchísimas maneras en que podemos ayudar a los muertos, y al mismo tiempo ayudarnos a nosotros mismos a sobrevivir a su ausencia. Una de las características únicas del budismo, así como una de las maneras en que más profundamente se demuestra la compasión y la habilidad omnisciente de los budas, es la abundancia de prácticas especiales que pone a nuestra disposición para ayudar a una persona que ha muerto y para consolar también a sus parientes y amigos afligidos.
La visión de la vida y la muerte que nos presenta el budismo tibetano es una visión que lo abarca todo, y nos demuestra claramente que hay maneras de ayudar a la gente en todas las situaciones imaginables, puesto que no existen barreras entre lo que llamamos «vida» y lo que llamamos «muerte». El poder y el calor radiantes del corazón compasivo pueden extender su ayuda a todos los estados y todos los reinos.
CUANDO PODEMOS AYUDAR
El bardo del devenir puede parecemos un periodo muy perturbado y perturbador. Sin embargo, hay en él gran esperanza. Las características del cuerpo mental durante el bardo del devenir, que tan vulnerable lo hacen, su claridad, movilidad, sensibilidad y clarividencia, también lo hacen especialmente receptivo a la ayuda de los vivos. El mismo hecho de que no tenga forma ni base física hace muy fácil guiarlo. El Libro tibetano de los muertos compara el cuerpo mental con un caballo, que puede controlarse fácilmente mediante una brida, o con un enorme tronco de árbol, que puede ser casi imposible de mover en tierra firme, pero que una vez que se hace flotar en el agua puede dirigirse sin esfuerzo hacia donde uno quiera.
El periodo más poderoso para hacer prácticas espirituales para alguien que acaba de morir es durante los cuarenta y nueve días del bardo del devenir, y sobre todo en los veintiún primeros días. Durante estas tres semanas, el muerto mantiene un lazo más fuerte con esta vida, lo cual lo hace más accesible a nuestra ayuda. Por este motivo, durante este periodo la práctica espiritual tiene una posibilidad mucho mayor de influir en su futuro y de influir en sus oportunidades de liberación, o al menos de alcanzar un renacimiento mejor. Deberíamos utilizar todos los medios a nuestro alcance para ayudarle, porque una vez que empieza a determinarse gradualmente la forma física de su próxima existencia, y eso se dice que sucede entre los veintiún y los cuarenta y nueve días después de la muerte, la posibilidad de que se produzca un cambio real es muchísimo más limitada.
La ayuda a los muertos, empero, no se reduce a los cuarenta y nueve días siguientes a la muerte. Nunca es demasiado tarde para ayudar a alguien que ha muerto, por mucho tiempo que haya pasado desde entonces. Aunque la persona a la que se desea ayudar lleve cien años muerta, nuestra práctica no dejará de beneficiarla. Dudjom Rimpoché solía decir que, aun en el caso de que alguien haya alcanzado la Iluminación y se haya convertido en un buda, todavía sigue necesitando toda la asistencia que puedan prestarle en su tarea de ayudar a los demás.
COMO PODEMOS AYUDAR
La mejor manera de ayudar a una persona muerta, y la más fácil, consiste en hacer la práctica de phowa (para conocer más sobre esta práctica, puede entrar aquí: «Ayuda espiritual para los moribundos»), en cuanto tenemos noticia de que alguien ha fallecido.
En Tíbet decimos que, así como la naturaleza del fuego es quemar y la del agua apagar la sed, la naturaleza de los budas es hacer acto de presencia en cuanto alguien los invoca, tan infinito es su deseo compasivo de ayudar a todos los seres conscientes. No imagine ni por un momento que, si invoca usted la verdad para ayudar a un amigo muerto, su acto será menos eficaz que si es una persona «consagrada» quien reza por él. Puesto que está usted próximo al difunto, la intensidad de su amor y la profundidad de su conexión darán a su invocación un poder adicional. Los maestros nos aseguran: llamadlos, y los budas responderán.
Khandro Tsering Chódrón, la esposa espiritual de Jamyang Khyentse, suele decir que si uno tiene realmente buen corazón, su intención es realmente buena y reza por alguien, esa oración será muy eficaz. Así pues, si muere una persona muy querida y reza usted por ella con verdadero amor y sinceridad, puede tener la confianza de que su oración será excepcionalmente poderosa.
El mejor momento para hacer la práctica de phowa, y el más eficaz, es antes de que nadie toque o mueva el cuerpo en absoluto. Si ello no es posible, intente hacer phowa en el lugar donde falleció la persona, o al menos hágase una viva representación mental de ese lugar. Existe una poderosa conexión entre la persona que ha muerto, el lugar de la muerte, y también el momento de la muerte, sobre todo si ésta sobrevino de una manera traumática.
En el bardo del devenir la conciencia del difunto vuelve a pasar por la experiencia de la muerte cada semana, exactamente el mismo día. Por consiguiente, hay que realizar la phowa, o cualquier otra práctica espiritual que se haya elegido, en cualquiera de los cuarenta y nueve días siguientes a la muerte, pero especialmente el mismo día de la semana en que se produjo la muerte.
Cada vez que piense en su pariente o amigo muerto, cada vez que oiga mencionar su nombre, envíele su amor a esa persona y a continuación concéntrese en hacer la phowa, con tanta frecuencia y durante tanto tiempo como desee.
Otra cosa que se puede hacer cuando viene a la memoria una persona que ha muerto es recitar de inmediato un mantra como OM MANÍ PADME HUM (que los tibetanos pronuncian «Om Mani Peme Hung»), el mantra del Buda de la Compasión que purifica todas las emociones negativas que son la causa del renacimiento; o bien OM AMI DEWA HRIH, el mantra del Buda Amitabha, el Buda de la Luz Ilimitada. A continuación, puede seguir con la práctica de phowa.
Pero tanto si hace estas prácticas para ayudar a la persona querida que ha muerto como si no las hace, no olvide nunca que en el bardo la conciencia posee una aguda clarividencia; el mero hecho de dirigirle buenos pensamientos resultará muy beneficioso.
Cuando rece por alguien muy próximo a usted, puede también, si lo desea, extender el abrazo de su compasión de modo que sus oraciones incluyan a otras personas muertas: las víctimas de atrocidades, desastres y hambrunas, o aquellas que murieron y están muriendo ahora mismo en campos de concentración, como los de China y Tíbet. Incluso puede rezar por personas que murieron hace muchos años, por ejemplo sus abuelos y otros familiares o las víctimas de las guerras. Imagínese que sus oraciones se dirigen especialmente a quienes perdieron la vida en circunstancias de extrema angustia, pasión o ira. 
Quienes han sufrido una muerte repentina o violenta tienen una necesidad particularmente urgente de ayuda. Es muy fácil que las víctimas de asesinato, suicidio, accidente o guerra se vean atrapadas por su sufrimiento, angustia y miedo, e incluso pueden quedar aprisionadas en la propia experiencia de la muerte, incapaces de seguir adelante y culminar el proceso de renacimiento. Cuando practique phowa para ellas, hágalo con más intensidad y fervor que nunca.
Imagínese enormes rayos de luz que emanan de los budas o seres divinos, derramando toda su compasión y bendiciones. Imagínese que esta luz desciende a raudales sobre la persona muerta, purificándola totalmente, liberándola de la confusión y el dolor de la muerte y otorgándole una paz profunda y duradera. Imagínese luego, con todo su corazón y su mente, que el muerto se disuelve en luz y que su conciencia, ya curada y libre de todo sufrimiento, se remonta para fusionarse indisolublemente y para siempre con la mente de sabiduría de los budas.
La ayuda que podemos prestar a los muertos no se limita a las prácticas de meditación y las oraciones. También podemos hacer actos de caridad en su nombre para ayudar a los enfermos y necesitados. Podemos dar sus posesiones a los pobres. Podemos contribuir en su nombre a instituciones humanitarias o espirituales, como hospitales, proyectos de ayuda, hospicios o monasterios. 
También podemos patrocinar retiros dirigidos por buenos practicantes espirituales, o reuniones de oración presididas por grandes maestros, en lugares sagrados como Bodhgaya. Podemos ofrecerle lamparillas al muerto o patrocinar obras de arte relacionadas con la práctica espiritual. Otro método para ayudar a los difuntos, especialmente practicado en Tíbet y el Himalaya, consiste en salvar la vida de animales que van a ser sacrificados y devolverles la libertad.
Es importante dedicar todo el mérito y bienestar que se deriven de estos actos de bondad y generosidad al beneficio del difunto, así como al de todos los que han muerto, de manera que todos puedan obtener un renacimiento mejor y encontrar circunstancias favorables en su próxima vida.
Fuente: Sogyal Rimpoché; El libro tibetano de la vida y de la muerte. Buenos Aires, 2013, Ediciones Urano.

viernes, 1 de junio de 2018

Los huérfilos: Cómo poner palabras al dolor de perder a un hijo

SARA LOSANTOS, PSICÓLOGA DE FMLC

En este artículo me gustaría hacerme eco de un reportaje publicado recientemente en el diario El Mundo, donde se hablaba de una petición promovida por un grupo de padres que han perdido a un hijo, a quienes apoyaba un gran número de personajes famosos que han querido prestar su imagen para apoyar su causa.

Este colectivo ha dirigido una carta a la Real Academia de la Lengua Española para solicitar que incluyan una palabra capaz de poner nombre a una condición que no lo tiene o, al menos, no lo tiene en castellano: la condición del padre o la madre cuyo hijo o hija ha muerto. La palabra que ellos proponen para definir esta situación es “huérfilo”y han iniciado una campaña en la plataforma Change.org para recoger firmas que apoyen esta petición.

Poner palabras a la experiencia del duelo

Esta campaña me da pie para hablar de la importancia de poner palabras al dolor que genera la pérdida de un ser querido: no sólo en el caso de padres que han perdido hijos, sino ante cualquier pérdida.
Cada vez nos encontramos con más gente que siente la necesidad de poner palabras a su experiencia. Esto era algo que los psicólogos reclamábamos antes en solitario y ahora es un clamor de toda la sociedad, como bien refleja la crónica de El Mundo. En este contexto, podemos considerar la petición de los “huérfilos” un avance importante, dado que la población empieza a estar sensibilizada con la necesidad de “hablar” del duelo y ponerle palabras a lo inexplicable, frente al tabú de no mencionarlo.
La forma en que cada uno pone palabras al dolor requiere respeto a la diferencia inherente a la unicidad de cada caso, porque lo que es válido y útil para una persona puede no serlo para otra. Más allá del éxito que le deseamos a esta campaña, queremos proponer dos métodos para ayudar a los dolientes a poner palabras al dolor.

Terapia para expresar el dolor

El primero de ellos es la terapia convencional basada en la palabra, que consiste fundamentalmente en crear un espacio protegido donde el individuo se sienta cómodo para expresar lo que siente y poner en palabras su experiencia de pérdida.
La base de esta terapia es la escucha, que permite centrar la atención en los matices de la pérdida de cada uno de los dolientes que se acercan a la terapia.
La terapia permite ser visto, ser reconocido, ser legitimado. La palabra pone límites al dolor porque lo acota y permite el desahogo emocional. Existen distintos tipos de terapia eficaces en el tratamiento del duelo y algunas personas se adaptan mejor a unas que a otras.

La escritura como terapia

Cada uno afronta el duelo de la mejor manera posible. Todos hacemos lo que podemos ante el dolor: hay quien hace más ejercicio y le sirve; hay quien pide que le manden medicacióny le funciona; y hay quien desahoga su dolor escribiendo.
Escriben tanto profesionales de la escritura como aficionados. Algunos llegan a publicar sus materiales y otros no. De entre los que consiguen publicar esos manuscritos, algunos lo viven con una mezcla de pudor y de orgullo, pero todos ellos afirman que les sirvió a modo de terapia y que ponen su experiencia al servicio de otros que estén pasando o vayan a pasar por su misma situación para que les sirva de guía.
Ese fue el caso de Pedro Alcalá, autor de “La mujer que me escucha”, un libro que escribió como homenaje y como parte de su paso por la terapia en la Fundación Mario Losantos del Campo. Su testimonio es un relato desgarrador y salvaje, “sin adornos”, de la que fue su experiencia de pérdida y puede leerse aquí.
Estas claves pretenden servir de orientación a las personas que han sufrido la pérdida de un ser querido o intentan ayudar a una persona doliente de su entorno. Para saber más o para solicitar ayuda psicológica gratuita, no dudes en consultar nuestra página web:

martes, 29 de mayo de 2018

Cómo superar la muerte de un hijo



El corazón está preparado para separarse de sus padres, nunca de sus hijos.
·         Hoy me toca acompañarte en tu dolor, al sepultar ese cuerpecito que con tanto amor formaste en tu interior: aquel angelito que vendría a hacerte compañía, a enseñarte sobre el amor incondicional y enriquecer tu vida de tantas formas que hoy ya no imaginas. Hoy estoy a tu lado sin tener palabras de consuelo, ¿qué puedo decir para aliviar tu dolor?
·         Pensarás que no lo entiendo, que no sé de lo que hablo porque no he estado en tus zapatos, pero como madre, estoy segura que no hay dolor más grande que el de perder a un hijo. Por casualidades de la vida, me ha tocado conocer historias de mujeres que han sufrido la pérdida de un hijo. De clase alta, media o baja, con o sin educación: no hay nada en su vida capaz de prepararlas para enfrentar dicho momento.
·         En alguna ocasión, estábamos varias mujeres en una reunión de madres para compartir experiencias, consejos y establecer contacto entre nosotras. Decidí conversar con Marcia, casada, madre de 3 hijos, emprendedora, un ejemplo a seguir. En realidad no recuerdo cómo llegamos al tema, pero me contó sobre sus hijos, los nacidos y los no nacidos. Quedé impactada al saber que después de haber perdido cuatro bebés, aún tenía las fuerzas para levantarse cada día, la voluntad para seguir viviendo, la alegría para compartir con sus hijos, la energía para salir adelante, no sólo con su empresa, sino también con su familia. Después de mucho pensarlo, le pregunté cómo lo hacía. Ella me contó sobre algunos pasos que siguió para lidiar con la pena en la que había quedado sumergida. Aquí los comparto ahora contigo:

·         Confía en Dios

·         Él es un ser superior con una visión más amplia que la nuestra, por lo tanto, tiene un motivo para todo lo que hace o permite. Como bien dicen en la iglesia a la que asisto, los bebés que parten de este mundo son como ángeles, que regresan al lado del Creador.

·         Déjate querer

·         No te encierres en tu dolor y permite que quienes te aman se acerquen a ti. La carga es más liviana cuando se tiene con quien compartirla.

·         No busques culpables

·         Lo primero que tendemos a hacer, cuando enfrentamos una situación como esta, es preguntarnos: "¿por qué a mí?". Enseguida comenzamos la búsqueda de culpables, pero eso sólo nos lleva a llenarnos de ira y rabia, lo que nos hace ciegos a lo realmente importante: salir adelante.

·         Llora

·         Deja salir tu sufrimiento, permite que las lágrimas sirvan para limpiar tu corazón de esos sentimientos negativos que te han inundado. Llorar es sano, no guardes tu pena.

Por qué se complica el duelo por un hijo

Una posible respuesta a esta pregunta es que, detrás del duelo no resuelto o cronificado, esté esa idea preconcebida de que un padre no debe sobrevivir a un hijo, que un padre o una madre no tiene derecho a volver a ser feliz después de una pérdida así. Quizás por esto muchos de los padres que han sobrevivido a la muerte de un hijo y lo han superado experimentan un cierto pudor.
Otra posibilidad es que al duelo por la muerte de un hijo se le sumen bloqueos o vacíos que el hijo llenaba; o que la pérdida haya sido muy traumática; o que en ese momento no tenga espacio en el esquema mental de la persona que vive la pérdida la muerte. Porque, en principio, la pérdida de un hijo se puede superar.
Seguiremos hablando de este tema en próximos artículos. Estas claves pretenden servir de orientación a las personas que han sufrido la pérdida de un ser querido o intentan ayudar a una persona doliente de su entorno. Para saber más o para solicitar ayuda psicológica gratuita, no dudes en consultar nuestra página web:

viernes, 13 de abril de 2018

Cuando un duelo sepulta el dolor por otra pérdida

Cuando una persona pide ayuda para resolver el duelo, lo más natural y habitual es que lo resuelva. Unas veces lo supera de forma espontánea, sin necesidad de ayuda o apoyo, otras veces lo supera gracias a la terapia y en ocasiones a pesar de ésta, pero lo más habitual es que lo resuelva.
Las estadísticas confirman estos datos: estamos preparados para sobrevivir a la pérdida. Pero, aunque es inusual, a veces ocurre que, a pesar de los esfuerzos del doliente y del experto, el proceso se complica y no avanza.

Causas del duelo bloqueado

El estancamiento del proceso de duelo puede deberse a varios factores:
  • 1. El paciente se resiste a afrontar el dolor y lo evita, de manera que perpetúa el duelo. En este caso el experto no puede presionar ni empujar al paciente, sino reflejarlo y esperar a que el propio paciente tome la decisión de avanzar o dejarlo como está. Cada persona tiene derecho a elegir lo que quiere para sí misma.
  • 2. Aunque el paciente desea afrontar el dolor, y a pesar de la pericia del experto, el dolor es tan intenso que abrasa al doliente y el proceso se enquista. Superarlo a veces es una cuestión de paciencia y otras tiene que ver con temas anteriores al duelo que se suman y lo complican.
  • 3. A veces no hay una explicación convincente o clara para el fracaso terapéutico y, a pesar de todo, el proceso fracasa.

Cuando otro conflicto bloquea el duelo

El cuarto factor es que en ocasiones puede ocurrir que, aunque aparentemente el conflicto es el duelo, el conflicto real sea otro distinto, unas veces parecido y otras, completamente diferente. Esto hace que la intervención sobre el conflicto o duelo evidente no reporte mejorías ni produzca avances. Es como un proceso médico en el que la infección parece provenir de un foco cuando, en realidad, el origen es otro.
A veces también ocurre que las cosas no son lo que parecen, damos por sentada la versión que nos da nuestro paciente y, por más que trabajamos, no avanzamos. En esos casos -y antes de valorar que sea un fracaso terapéutico y derivar o dar por finalizada la terapia-, merece la pena plantear si a lo mejor hay un duelo que subyace y del que surge el que estamos tratando.

Casos de duelos sepultados

A lo largo de nuestra práctica profesional, hemos encontrado casos así en terapia. En una ocasión, un hombre solicitó ayuda terapéutica por la pérdida de su mascota cuando, en realidad, la mascota representaba el último regalo que le había hecho su padre antes de morir tres años antes, y cuya pérdida no se había permitido llorar nunca. Ponerle palabras a este descubrimiento hizo que aquel paciente pudiera dolerse por lo que realmente le entristecía y dejar de avergonzarse por estar en duelo por la muerte de su mascota y no haberlo hecho por la pérdida de su padre.
En otra ocasión, una mujer acudió a nuestro servicio de terapia para trabajar el duelo por la muerte de su hijo pero, por más que trabajábamos, el duelo no avanzaba. Rastreando en su historia pudimos descubrir juntas que la sensación de desprotección y vulnerabilidad que sentía obedecía en realidad a la pérdida de su madre, que había fallecido hacía ya cinco años y a quien no pudo llorar porque en ese momento estaba embarazada. Poder poner nombre a lo que le sucedía, poner palabras a su sensación de vulnerabilidad y a su miedo a no poder gestionar los embates de la vida hizo que el proceso se desbloqueara por completo.

La importancia de conocer el contexto del doliente

Habitualmente, una vez que desbloqueamos el punto en el que el duelo ha quedado estancado, el proceso continúa de una manera espontánea sin necesidad de hacer mayores esfuerzos. Por eso, nuestra recomendación es no quedarse en lo aparente y dedicar tiempo a realizar una historia completa, registrando todo el historial de pérdidas del doliente, sin dar por supuesto que la pérdida por la que acude a terapia es la principal.
Estas claves pretenden servir de orientación a las personas que han sufrido la pérdida de un ser querido o intentan ayudar a una persona doliente de su entorno. Para saber más o para solicitar ayuda psicológica gratuita, no dudes en consultar nuestra página web:

sábado, 7 de abril de 2018

La cicatriz que nos deja el duelo como marca de crecimiento personal

El camino de las lágrimas es, ‘el más duro de los caminos’. El sendero del dolor, del duelo y de las pérdidas.
Jorge Bucay, psiquiatra y psicoterapeuta con una larga y polémica trayectoria en la publicación de obras literarias para el crecimiento personal, habla sobre la experiencia del duelo en su libro El camino de las lágrimas, todo un clásico que no pasa de moda.
El autor nos explica cómo, durante el duelo, vamos conectando con el dolor que nos está causando la pérdida. El inicio de este proceso se caracteriza por la creencia aprendida de que no vamos a soportar un sufrimiento que, muchas veces, es demasiado extremo: ¿Cómo voy a vivir sin mi pareja? ¿Cómo voy a superar la pérdida de mi hijo?
Según el autor, debemos seguir una ruta que nos lleve a la liberación total y definitiva de aquello (persona fallecida, salud, pareja después de un divorcio…) que ya no está, para poder continuar realizándonos como personas. Es decir, el desapego en relación a la persona que nos dejó o aquello que perdimos implicará la aceptación y adaptación a la nueva realidad. Este desapego solamente se producirá si sentimos el dolor durante el duelo, si lo elaboramos activamente y, dándonos tiempo, recorremos una serie de etapas en un camino cuya dureza no podemos evitar.
Al final de este camino, nos daremos cuenta de que la pérdida implica también ganancia: la ganancia en crecimiento personal. Y es que, según el autor, es imposible crecer sin haber sufrido antes, es imposible madurar y sentirse adulto sin haber conectado alguna vez con el vacío interno más profundo, es imposible seguir el camino de la autorealización sin haber pensado en la muerte. Como afirma Bucay: “Es horrible admitir que cada pérdida conlleva una ganancia”. Pero es así.
Al hacer su explicación de las etapas del duelo, Bucay recurre a la metáfora de la sanación natural y saludable de una herida. Esta sanación pasa por diferentes etapas hasta que la herida ya no duele ni sangra porque ha alcanzado su curación. Sin embargo, queda la marca del proceso vivido: la cicatriz. Así, en la sanación de una herida normal se dan las etapas de vasoconstricción, dolor agudo, sangrado, coágulo, retracción del coágulo, reconstrucción tisular y cicatriz. Bucay hace un paralelismo con estas fases para hablarnos de las etapas del duelo:
  • Incredulidad (vasoconstricción). Ante la pérdida la persona cree que no puede ser, que ha habido un error, que está viviendo una pesadilla de la que va a despertar. Piensa que es demasiado pronto, que no estaba previsto… En definitiva se niega la muerte que se ha producido y se la cuestiona, por muy anunciada que estuviese. El afectado no nos escuchará porque está en estado de shock por la noticia inesperada.
  • Regresión (dolor agudo). Una vez superada la incredulidad, el sujeto conecta con el dolor agudo del “darse cuenta” de lo que está sucediendo. Como dice Bucay: “Es como si nos alcanzara un rayo. Después de todos los intentos para ignorar la situación, de pronto nos invade toda la conciencia junta de que el otro murió. Y entonces la situación nos desborda, nos tapa; de repente el golpe emocional tan grande desemboca en una brusca explosión”. Se llama etapa de regresión porque parece que uno regrese a la etapa de la niñez: lloramos, gritamos, pataleamos, decimos cosas sin sentido… En definitiva, explotamos con la sensación de no poder gestionar nuestras emociones, como cuando éramos niños. En esta etapa el afectado todavía no nos escuchará, pues está irracionalmente apresado por sus emociones que lo conectan con el dolor más profundo.
  • Furia (sangrado). Llega una fase de enfado. ¿Con quién? Pues con aquellos que consideramos los responsables de la muerte: el conductor del coche con el que chocó, el cirujano que no lo salvó, el destino que nos lo arrebató, Dios que se lo llevó, el mismo difunto que nos abandonó dejándonos justo ahora que tanto lo necesitábamos… Se busca a un culpable para responsabilizarlo de la muerte del ser querido.
  • Culpa (coágulo). Nos sentimos culpables con aquellos con los que nos hemos enojado en la etapa anterior o con nosotros mismos por no haber podido evitar la muerte: “Lo tendría que haber llevado al médico y me desentendí”, “Si no le hubiese dejado el coche…”. También nos sentimos culpables por aquello que no le dijimos ni hicimos en vida: “No le dije cuánto lo quería”, “No la cuidé lo suficiente”…
  • Desolación (retracción del coágulo). La culpa va en aumento hasta que llegamos a esta fase, la más dura, la de la verdadera tristeza que da nombre al libro de Bucay. Es una tristeza muy dolorosa y destructiva, que nos provoca agotamiento. Aunque no tenemos una depresión, parece que la tengamos pues ha llegado la desolación, la inapetencia y la desesperación más profunda. Nos sentimos impotentes porque ya no podemos hacer nada: el otro murió y no volverá nunca más, nos sintamos como nos sintamos y hagamos lo que hagamos. Aparece el fantasma de la soledad al tener que continuar transitando por los espacios que la persona que murió llenaba y que ahora han quedado vacíos. Un vacío físico que nos lleva a sentir un gran vacío interior y a retraernos para dentro. Cuando acompañamos a alguien que se encuentra en esta etapa, al empatizar, sufrimos con él pues, como afirma el autor, vemos en sus ojos que “algo se ha muerto en ellos”.
  • Identificación y fecundidad (reconstrucción tisular). Llega un momento en el que la persona se da cuenta de que le gustan las espinacas (como le gustaban a ella) cuando antes ni las probaba, que está mirando un partido de futbol (partidos que a él le entusiasmaban) cuando antes no los soportaba… Se trata de una fase en la que el afectado se identifica de alguna manera con el que no está: primero se da cuenta de la cantidad de cosas que tenían en común y, a continuación, se identifica con alguna de ellas. En esta fase, el afectado puede llegar a idealizar transitoriamente algunas características de la persona que murió, pasando más adelante a darse cuenta de esta valoración exagerada de sus virtudes. En ocasiones, esta idealización no termina nunca, aspecto que dificulta la elaboración del duelo. Además después de la identificación, se da una fase de fecundidad, pues la persona transforma el duelo caracterizado únicamente por el dolor en una historia que le da sentido a su propia vida. El afectado empieza a hacer algunas acciones dedicadas a la persona que murió o inspiradas por el vínculo que tuvo con ella y, de esta manera, tiñe a la pérdida de una congruencia y de un valor que antes no era capaz de ver.
  • Aceptación (cicatriz). La persona se recoloca en la vida que sigue, comprendiendo que ella no ha muerto a diferencia de la persona que sí que falleció. Es decir, después de la etapa anterior en la que se identificaba con la persona que murió (él era como yo), pasa a diferenciarse de ella (pero él no era yo). Sin embargo, esta diferenciación implica, a su vez, la integración e interiorización del otro en uno mismo: algo de él quedo en mí y por eso las cosas que viví y aprendí con él siguen vivas en mí. Y es que, como comenta Bucay rememorando las palabras de Lacan: “Uno llora a aquéllos gracias a quienes es”.
Además de describir de manera muy amena las diferentes etapas de este “camino de lágrimas”, Bucay nos habla de otros temas muy interesantes, entre los cuales encontramos el duelo patológico, los diferentes tipos de pérdidas (duelo por viudez, por divorcio, por muerte de un ser querido, etc.), cómo acompañar a la persona que va a morir y cómo gestionar algunas situaciones especiales como el acompañamiento del niño durante el duelo.