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viernes, 13 de abril de 2018

Cuando un duelo sepulta el dolor por otra pérdida

Cuando una persona pide ayuda para resolver el duelo, lo más natural y habitual es que lo resuelva. Unas veces lo supera de forma espontánea, sin necesidad de ayuda o apoyo, otras veces lo supera gracias a la terapia y en ocasiones a pesar de ésta, pero lo más habitual es que lo resuelva.
Las estadísticas confirman estos datos: estamos preparados para sobrevivir a la pérdida. Pero, aunque es inusual, a veces ocurre que, a pesar de los esfuerzos del doliente y del experto, el proceso se complica y no avanza.

Causas del duelo bloqueado

El estancamiento del proceso de duelo puede deberse a varios factores:
  • 1. El paciente se resiste a afrontar el dolor y lo evita, de manera que perpetúa el duelo. En este caso el experto no puede presionar ni empujar al paciente, sino reflejarlo y esperar a que el propio paciente tome la decisión de avanzar o dejarlo como está. Cada persona tiene derecho a elegir lo que quiere para sí misma.
  • 2. Aunque el paciente desea afrontar el dolor, y a pesar de la pericia del experto, el dolor es tan intenso que abrasa al doliente y el proceso se enquista. Superarlo a veces es una cuestión de paciencia y otras tiene que ver con temas anteriores al duelo que se suman y lo complican.
  • 3. A veces no hay una explicación convincente o clara para el fracaso terapéutico y, a pesar de todo, el proceso fracasa.

Cuando otro conflicto bloquea el duelo

El cuarto factor es que en ocasiones puede ocurrir que, aunque aparentemente el conflicto es el duelo, el conflicto real sea otro distinto, unas veces parecido y otras, completamente diferente. Esto hace que la intervención sobre el conflicto o duelo evidente no reporte mejorías ni produzca avances. Es como un proceso médico en el que la infección parece provenir de un foco cuando, en realidad, el origen es otro.
A veces también ocurre que las cosas no son lo que parecen, damos por sentada la versión que nos da nuestro paciente y, por más que trabajamos, no avanzamos. En esos casos -y antes de valorar que sea un fracaso terapéutico y derivar o dar por finalizada la terapia-, merece la pena plantear si a lo mejor hay un duelo que subyace y del que surge el que estamos tratando.

Casos de duelos sepultados

A lo largo de nuestra práctica profesional, hemos encontrado casos así en terapia. En una ocasión, un hombre solicitó ayuda terapéutica por la pérdida de su mascota cuando, en realidad, la mascota representaba el último regalo que le había hecho su padre antes de morir tres años antes, y cuya pérdida no se había permitido llorar nunca. Ponerle palabras a este descubrimiento hizo que aquel paciente pudiera dolerse por lo que realmente le entristecía y dejar de avergonzarse por estar en duelo por la muerte de su mascota y no haberlo hecho por la pérdida de su padre.
En otra ocasión, una mujer acudió a nuestro servicio de terapia para trabajar el duelo por la muerte de su hijo pero, por más que trabajábamos, el duelo no avanzaba. Rastreando en su historia pudimos descubrir juntas que la sensación de desprotección y vulnerabilidad que sentía obedecía en realidad a la pérdida de su madre, que había fallecido hacía ya cinco años y a quien no pudo llorar porque en ese momento estaba embarazada. Poder poner nombre a lo que le sucedía, poner palabras a su sensación de vulnerabilidad y a su miedo a no poder gestionar los embates de la vida hizo que el proceso se desbloqueara por completo.

La importancia de conocer el contexto del doliente

Habitualmente, una vez que desbloqueamos el punto en el que el duelo ha quedado estancado, el proceso continúa de una manera espontánea sin necesidad de hacer mayores esfuerzos. Por eso, nuestra recomendación es no quedarse en lo aparente y dedicar tiempo a realizar una historia completa, registrando todo el historial de pérdidas del doliente, sin dar por supuesto que la pérdida por la que acude a terapia es la principal.
Estas claves pretenden servir de orientación a las personas que han sufrido la pérdida de un ser querido o intentan ayudar a una persona doliente de su entorno. Para saber más o para solicitar ayuda psicológica gratuita, no dudes en consultar nuestra página web:

sábado, 7 de abril de 2018

La cicatriz que nos deja el duelo como marca de crecimiento personal

El camino de las lágrimas es, ‘el más duro de los caminos’. El sendero del dolor, del duelo y de las pérdidas.
Jorge Bucay, psiquiatra y psicoterapeuta con una larga y polémica trayectoria en la publicación de obras literarias para el crecimiento personal, habla sobre la experiencia del duelo en su libro El camino de las lágrimas, todo un clásico que no pasa de moda.
El autor nos explica cómo, durante el duelo, vamos conectando con el dolor que nos está causando la pérdida. El inicio de este proceso se caracteriza por la creencia aprendida de que no vamos a soportar un sufrimiento que, muchas veces, es demasiado extremo: ¿Cómo voy a vivir sin mi pareja? ¿Cómo voy a superar la pérdida de mi hijo?
Según el autor, debemos seguir una ruta que nos lleve a la liberación total y definitiva de aquello (persona fallecida, salud, pareja después de un divorcio…) que ya no está, para poder continuar realizándonos como personas. Es decir, el desapego en relación a la persona que nos dejó o aquello que perdimos implicará la aceptación y adaptación a la nueva realidad. Este desapego solamente se producirá si sentimos el dolor durante el duelo, si lo elaboramos activamente y, dándonos tiempo, recorremos una serie de etapas en un camino cuya dureza no podemos evitar.
Al final de este camino, nos daremos cuenta de que la pérdida implica también ganancia: la ganancia en crecimiento personal. Y es que, según el autor, es imposible crecer sin haber sufrido antes, es imposible madurar y sentirse adulto sin haber conectado alguna vez con el vacío interno más profundo, es imposible seguir el camino de la autorealización sin haber pensado en la muerte. Como afirma Bucay: “Es horrible admitir que cada pérdida conlleva una ganancia”. Pero es así.
Al hacer su explicación de las etapas del duelo, Bucay recurre a la metáfora de la sanación natural y saludable de una herida. Esta sanación pasa por diferentes etapas hasta que la herida ya no duele ni sangra porque ha alcanzado su curación. Sin embargo, queda la marca del proceso vivido: la cicatriz. Así, en la sanación de una herida normal se dan las etapas de vasoconstricción, dolor agudo, sangrado, coágulo, retracción del coágulo, reconstrucción tisular y cicatriz. Bucay hace un paralelismo con estas fases para hablarnos de las etapas del duelo:
  • Incredulidad (vasoconstricción). Ante la pérdida la persona cree que no puede ser, que ha habido un error, que está viviendo una pesadilla de la que va a despertar. Piensa que es demasiado pronto, que no estaba previsto… En definitiva se niega la muerte que se ha producido y se la cuestiona, por muy anunciada que estuviese. El afectado no nos escuchará porque está en estado de shock por la noticia inesperada.
  • Regresión (dolor agudo). Una vez superada la incredulidad, el sujeto conecta con el dolor agudo del “darse cuenta” de lo que está sucediendo. Como dice Bucay: “Es como si nos alcanzara un rayo. Después de todos los intentos para ignorar la situación, de pronto nos invade toda la conciencia junta de que el otro murió. Y entonces la situación nos desborda, nos tapa; de repente el golpe emocional tan grande desemboca en una brusca explosión”. Se llama etapa de regresión porque parece que uno regrese a la etapa de la niñez: lloramos, gritamos, pataleamos, decimos cosas sin sentido… En definitiva, explotamos con la sensación de no poder gestionar nuestras emociones, como cuando éramos niños. En esta etapa el afectado todavía no nos escuchará, pues está irracionalmente apresado por sus emociones que lo conectan con el dolor más profundo.
  • Furia (sangrado). Llega una fase de enfado. ¿Con quién? Pues con aquellos que consideramos los responsables de la muerte: el conductor del coche con el que chocó, el cirujano que no lo salvó, el destino que nos lo arrebató, Dios que se lo llevó, el mismo difunto que nos abandonó dejándonos justo ahora que tanto lo necesitábamos… Se busca a un culpable para responsabilizarlo de la muerte del ser querido.
  • Culpa (coágulo). Nos sentimos culpables con aquellos con los que nos hemos enojado en la etapa anterior o con nosotros mismos por no haber podido evitar la muerte: “Lo tendría que haber llevado al médico y me desentendí”, “Si no le hubiese dejado el coche…”. También nos sentimos culpables por aquello que no le dijimos ni hicimos en vida: “No le dije cuánto lo quería”, “No la cuidé lo suficiente”…
  • Desolación (retracción del coágulo). La culpa va en aumento hasta que llegamos a esta fase, la más dura, la de la verdadera tristeza que da nombre al libro de Bucay. Es una tristeza muy dolorosa y destructiva, que nos provoca agotamiento. Aunque no tenemos una depresión, parece que la tengamos pues ha llegado la desolación, la inapetencia y la desesperación más profunda. Nos sentimos impotentes porque ya no podemos hacer nada: el otro murió y no volverá nunca más, nos sintamos como nos sintamos y hagamos lo que hagamos. Aparece el fantasma de la soledad al tener que continuar transitando por los espacios que la persona que murió llenaba y que ahora han quedado vacíos. Un vacío físico que nos lleva a sentir un gran vacío interior y a retraernos para dentro. Cuando acompañamos a alguien que se encuentra en esta etapa, al empatizar, sufrimos con él pues, como afirma el autor, vemos en sus ojos que “algo se ha muerto en ellos”.
  • Identificación y fecundidad (reconstrucción tisular). Llega un momento en el que la persona se da cuenta de que le gustan las espinacas (como le gustaban a ella) cuando antes ni las probaba, que está mirando un partido de futbol (partidos que a él le entusiasmaban) cuando antes no los soportaba… Se trata de una fase en la que el afectado se identifica de alguna manera con el que no está: primero se da cuenta de la cantidad de cosas que tenían en común y, a continuación, se identifica con alguna de ellas. En esta fase, el afectado puede llegar a idealizar transitoriamente algunas características de la persona que murió, pasando más adelante a darse cuenta de esta valoración exagerada de sus virtudes. En ocasiones, esta idealización no termina nunca, aspecto que dificulta la elaboración del duelo. Además después de la identificación, se da una fase de fecundidad, pues la persona transforma el duelo caracterizado únicamente por el dolor en una historia que le da sentido a su propia vida. El afectado empieza a hacer algunas acciones dedicadas a la persona que murió o inspiradas por el vínculo que tuvo con ella y, de esta manera, tiñe a la pérdida de una congruencia y de un valor que antes no era capaz de ver.
  • Aceptación (cicatriz). La persona se recoloca en la vida que sigue, comprendiendo que ella no ha muerto a diferencia de la persona que sí que falleció. Es decir, después de la etapa anterior en la que se identificaba con la persona que murió (él era como yo), pasa a diferenciarse de ella (pero él no era yo). Sin embargo, esta diferenciación implica, a su vez, la integración e interiorización del otro en uno mismo: algo de él quedo en mí y por eso las cosas que viví y aprendí con él siguen vivas en mí. Y es que, como comenta Bucay rememorando las palabras de Lacan: “Uno llora a aquéllos gracias a quienes es”.
Además de describir de manera muy amena las diferentes etapas de este “camino de lágrimas”, Bucay nos habla de otros temas muy interesantes, entre los cuales encontramos el duelo patológico, los diferentes tipos de pérdidas (duelo por viudez, por divorcio, por muerte de un ser querido, etc.), cómo acompañar a la persona que va a morir y cómo gestionar algunas situaciones especiales como el acompañamiento del niño durante el duelo.


martes, 3 de abril de 2018

Trastornos físicos durante el proceso de duelo

No podemos separar el cuerpo de la mente, no son entes divididos que vayan cada uno por su lado. Los seres humanos somos un todo y no podemos atender una parte de nosotros mientras descuidamos la otra. A nivel fisiológico, el duelo supone un estresor a largo plazo, de modo que el proceso psicológico va a venir acompañado de sintomatología y sensaciones a nivel físico, que debemos atender como parte de la atención global que merece el duelo.
En otra entrada de este blog nos referíamos a los trastornos de sueño que puede traer consigo el duelo. Otras complicaciones físicas están relacionadas con la comida, tanto por la aparición de pérdida de apetito como por el aumento de peso. Es muy frecuente que se produzcan pérdidas de peso significativas sin que el doliente haya hecho nada para causarlos, ya que el propio proceso de elaboración del duelo requiere una energía interna tremenda que consume recursos.

Cambios bruscos de peso durante el duelo

Los aumentos o descensos bruscos de peso durante un proceso de duelo pueden estar provocados fundamentalmente por dos motivos:
  • – Por un lado, tras el duro golpe que implica una muerte, puede desarrollarse un desajuste fisiológico que explique los cambios significativos de peso. Cuando tanto el aumento como la pérdida se produce de manera brusca, es recomendable pedir opinión médica.
  • – Por otro lado, puede que la comida esté siendo utilizada como regulador de la emoción. La comida puede usarse como regulador del estado de ánimo, recurriendo a ella en momentos de más ansiedad, o ante alguna emoción en concreto. De la misma manera, durante el proceso de duelo –y sobre todo al principio– no se suele cuidar la alimentación, por lo que es fácil que se tienda a malcomer y a tener horarios muy irregulares, lo que también contribuye al descontrol del peso.

Síntomas físicos del duelo

Durante el duelo, también es frecuente que el doliente experimente un conjunto de sensaciones poco específicas, como dolores difusos, sensación de tensión y agotamiento, dolores de cabeza, complicaciones gástricas… todas ellas relacionadas con el esfuerzo que está haciendo el organismo para afrontar la situación y que son sensaciones normales en la descripción diagnóstica del duelo.
Eso no quiere decir que deban desatenderse o que no haya que hacerles caso. El doliente debe procurarse autocuidado sin alarmarse, dando a esas sensaciones el significado que tienen: son avisos de nuestro cuerpo de que está sucediendo algo complicado de procesar. Y, por lo tanto, debemos atenderlo con cuidado y cariño.

Complicaciones físicas graves del proceso de duelo

Las complicaciones físicas del duelo también pueden ser intensas y complejas. Por ejemplo, pueden darse procesos de ansiedad que incluyan ataques de pánico, mareos y fuertes somatizaciones físicas. La somatización se hace patente cuando no está habiendo una atención adecuada al proceso interno, tanto emocional como cognitivo. Es el recurso que tiene nuestro organismo para llamar la atención de lo que está ocurriendo y no estamos atendiendo. Por este motivo, deberíamos estar más agradecidos que enfurecidos con nuestro cuerpo cuando se resiente, ya que nos esta advirtiendo y, por lo tanto, haciendo un favor.
En el duelo existen muchas situaciones que nos conducen a no atender adecuadamente el propio proceso: el miedo de las personas al contacto con el dolor (lo que les impulsa a evitarlo y a llenar su vida de actividades), reprimir según qué emociones, centrarse más en el proceso de la familia que en el propio, o el miedo a la muerte que se hace real cuando alguien cercano fallece… Todo esto hace que aumente la probabilidad de que el cuerpo se queje.

Escuchar al cuerpo durante el duelo

El duelo, como proceso holístico, incluye subprocesos a todos los niveles: emocional, cognitivo, físico… por lo que no debe extrañarnos que el cuerpo también “tenga voz” durante la elaboración del duelo. Se trata de encontrar la manera de escucharlo y atenderlo.
Por un lado, resulta fundamental el autocuidado más básico en cuanto a necesidades de descanso, alimentación, apoyo y consuelo. Por otro lado, hay que ir escuchando las señales físicas como otra fuente de información del proceso: ¿Estoy atendiendo mi proceso de duelo? ¿Me estoy atendiendo y escuchando? Son preguntas que puede plantearse el doliente, que le ayuden a parar, observarse y escucharse de forma global.
Todas estas claves pretenden servir de orientación a las personas que han sufrido la pérdida de un ser querido o intentan ayudar a una persona doliente de su entorno. Para saber más o para solicitar ayuda psicológica gratuita, no dude en consultar nuestra página web:

lunes, 2 de abril de 2018

Superar el duelo: ¿Dónde está mi ilusión?

Una preocupación habitual que manifiestan las personas que están atravesando un proceso de duelo tiene que ver con la pérdida de la ilusión y de las ganas de emprender proyectos o actividades, o simplemente fantasear con ellas. Muchos dolientes temen que ya nunca volverán a sentir esta emoción y que van a estancarse en esa sensación de bloqueo o de tristeza que todo lo cubre.
La ilusión va asociada a volver a estar presente en la vida, a interesarse y participar de nuevo como agente activo, pasando del modo automático al consciente. Por eso, la tristeza profunda que trae el duelo en sus momentos más agudos es difícil de combinar con la ilusión, ya que son dos fuerzas contrarias y la tristeza nos lleva hacia dentro: al recuerdo, al repaso, al llanto, al recogimiento.

Las fuerzas que dirigen el duelo

El duelo mezcla muchas emociones: no sólo está presente la tristeza, también el miedola irala culpa. Todas ellas demandan una gran energía. A los dolientes les sorprende el cansancio que sienten, pero es que este trabajo emocional es agotadorEste conjunto de emociones que requieren tanto y que dirigen el foco de nuestra atención hacia dentro, durante mucho tiempo son las que llevan el ritmo y la dirección del proceso.
La ilusión, por el contrario, es una emoción expansiva cuya fuerza se centra en el presente y que permite mirar hacia el futuro. Así, entra en contradicción con la dirección de la tristeza y de otras emociones habituales en el duelo cuando éstas se encuentran en su intensidad máxima.

Las emociones en el duelo

Tras la pérdida de un ser querido, lo que vamos sumando es, por un lado, la tristeza, que nos hace mirar hacia dentro y buscar la sensación de un lugar seguro; por otro lado, aparece el miedo, la inseguridad, que por un tiempo limita nuestra seguridad para dirigirnos hacia lo nuevo. Parece que la propia confusión (o la incertidumbre, que es otra de las caras del miedo) que define el proceso del duelo es suficiente reto.
A su vez, con frecuencia también suelen estar presentes la ira y la culpa, que mantienen al doliente con la atención puesta en el pasado. Hasta que el doliente no puede entregar todas estas emociones (llorarlas, procesarlas, elaborarlas, aceptarlas, ventilarlas, hablarlas, simbolizarlas…) y soltarlas, parece que conectar con la ilusión es difícil o incluso imposible para algunas personas.
Por supuesto, el duelo no es un proceso tan literal ni está organizado en fases, o linealmente: en el duelo todo se mezcla. Pero debemos sentir cierto equilibrio interno para que la ilusión, que es la energía de mirar al futuro con decisión y con intención de participar en él, no suponga una lucha más, sino que pase a formar parte del proceso de forma natural.

La influencia del entorno en el doliente

A veces, la exigencia del entorno y la autoexigencia de la propia persona en duelo hacen que el doliente demande y se obligue a atraer una ilusión que de momento no puede estar presente. Nos resulta difícil confiar en nosotros mismos, en el proceso, así como concedernos tiempo para elaborar las emociones y las experiencias vividas.
Es como si el proceso de duelo obligara al doliente a ir en contra de lo socialmente establecido: ir hacia dentro. Porque la verdad es que sólo cuando el doliente se toma el tiempo y el permiso de profundizar en su interior puede llegar a aceptar y a encontrarse de nuevo con una serenidad suficiente que le permita conectar con la ilusión.

El duelo y la culpa

En otros casos, las pequeñas ilusiones son rechazadas bajo una culpa que parece decirle al doliente que no tiene permiso para sentirse bienEn el día a día, en las pequeñas cosas, es donde quizá nos jugamos lo más importante. Como psicóloga, considera que ni la ilusión ni la aceptación se ganan en grandes batallas ni en grandes momentos, sino que es algo que tiene que ver con el día a día, pero que viene de una intención consciente, originada en valores profundos.
Cuando el doliente se abre a poder aceptar pequeñas ilusiones o proyectos, se produce el mismo efecto que cuando lanzamos una piedra al agua: se generan unas ondas que abarcan mucho más que el espacio que ha cubierto la piedra. Esas pequeñas ilusiones o pequeños momentos de inmersión en la vida que ponemos en el día a día suponen un efecto de intención mayor. Es como si, en esos pequeños momentos, aunque no lo parezca, estuviéramos respondiendo poco a poco a las grandes preguntas de la vida, a esas que quedan en interrogante cuando fallece alguien que queremos.
Todas estas claves pretenden servir de orientación a las personas que han sufrido la pérdida de un ser querido o intentan ayudar a una persona doliente de su entorno. Para saber más o para solicitar ayuda gratuita, no dude en consultar nuestra página web:

Cinco preguntas acerca del tabú en torno a la muerte


Está demostrado que las cosas que podemos anticipar nos resultan más fáciles de asimilar que aquellas que no podemos. De forma paradójica -y a pesar de que es la única certeza de la vida- a los seres humanos nos cuesta hablar de la muerte y prepararnos para abordar los temas que nos preocupan con respecto al fin de la vida.
A continuación, abordaremos algunas cuestiones en torno al tabú que existe sobre la muerte en la sociedad actual, así como de sus causas, sus efectos y cómo hacerle frente.

¿Por qué nos cuesta tanto hablar de la muerte? ¿Se trata de un tabú?

No hay un único factor que permita explicar por completo la dificultad que tenemos para hablar de la muerte, sino que existen varias razones para ello:
Razones sociológicas, como el aumento de la esperanza de vida, el avance de los tratamientos médicos, la tecnificación de la muerte, que alejan la realidad de la muerte de nosotros (la muerte les sucede a “otros”).
Razones culturales: En determinadas culturas, la muerte está más presente y forma parte de lo cotidiano: se representa, se admite e incluso se celebra. Esto tiene que ver con un sentido de la trascendencia que, en Occidente y sobre todo en Europa, hemos ido perdiendo.
Razones psicológicas: Nuestra propia muerte se nos hace irrepresentable. Esto es algo que tiene mucho que ver con el miedo a lo desconocido. Sin duda en nuestra sociedad existe un claro tabú que aleja la muerte de nuestras vidas, la encierra en los hospitales y la traslada de las casas a los tanatorios. Nuestra sociedad es prisionera de la inmediatez: se basa en una cultura hedonista que busca la recompensa sin esfuerzo y que huye del sufrimiento, en una fantasía que presupone que, si no hablamos de ello, no sucederá.

¿Hay que prepararse para hablar de la muerte?

Ciertamente no existe una única clave que garantice todas las condiciones necesarias para hacernos la muerte más llevadera, pero sí sabemos que la muerte es la única constante en nuestras vidas. Es una experiencia universal, nos va a ocurrir a todos.
Hablar más de ella puede prepararnos para que nos resulte más sencillo, puede “limar” el miedo que le tenemos, porque todo lo que podemos anticipar nos resulta menos traumático, dejando al margen el hecho de que la pérdida siempre conlleva dolor.

¿Debemos naturalizar la muerte?

En general conviene huir de las fórmulas genéricas, por lo que naturalizar la muerte no tiene por qué ser una “obligación”. Sí es cierto, sin embargo, que a medida que acercamos la realidad de la muerte y le perdemos el miedo, nuestra vida se hace más plena. No tener miedo a la muerte nos permite vivir la vida con más intensidad. Sin embargo, eso es algo que cada persona debe de hacer a su propio ritmo, sin forzar, en el momento en que cada uno pueda.
Además, tan malo es estar en un extremo como en el otro. Nuestra sociedad actual se ha alejado de la muerte como si pudiera sortearla y eso es malo porque nos cuesta afrontarla cuando finalmente llega. En los dos polos del continuo vida/muerte, estar demasiado “pegados” a la muerte -y aquí nos referimos del morbo o a poner excesiva atención en la muerte- puede impedirnos vivir la vida o estar en contacto con ella.

¿Somos conscientes de que vamos a morir?

A un nivel muy inconsciente todos los seres humanos sabemos que vamos a morir. Pero el ser humano se acerca a lo que le produce placer y se aleja de lo que le produce dolor de una manera casi instintiva. Por eso, relegamos lo relativo a la muerte hasta que nos vemos obligados a hacerle frente y, en ese momento, cuando la muerte es inminente, no podemos dosificar el modo en el que nos acercamos a ella.
Estas claves pretenden servir de orientación a las personas que han sufrido la pérdida de un ser querido o intentan ayudar a una persona doliente de su entorno. Para saber más o para solicitar ayuda psicológica gratuita, no dudes en consultar nuestra página web:

domingo, 1 de abril de 2018

Aprendizajes sobre el duelo (I)

Un proceso tan duro como el duelo conduce al ser humano a lo más profundo de su existencia, y es ahí -en ese espacio donde nos adentramos con miedo a destruirnos y que sólo parece contener una nube de desconocimiento- es donde encontramos las certezas y aprendizajes más valiosos.
Sin duda este tema da para escribir muchas páginas, por este motivo, este es el primero de una serie de artículos que elaboraremos sobre estos “lotos” que se pueden encontrar en la andadura del camino del duelo: tanto los que me han transmitido, como aquellos de los que también he aprendido como testigo y han ido formando parte de lo que sé.
A lo largo de mi carrera profesional como psicóloga que acompaña a personas en duelo he aprendido muchas cosas, algunas de ellas importantes para desentrañar este proceso. Me parece oportuno ponerlas al servicio de todo aquel que esté interesado en incorporar conocimientos sobre este tema, sobre todo para que otros profesionales puedan aprovecharlos, para difundirlos y que su efecto pueda multiplicarse y beneficiar a más personas.
Por otro lado, lo que sé no me pertenece: le pertenece a mis pacientes, que confiaron en vivir su experiencia junto a mí, me confiaron sus temores y sus inquietudes, me dejaron ser testigo de sus vivencias y acompañarlas. Hoy esas vivencias me han permitido llegar a algunas conclusiones y esas conclusiones se han transformado en aprendizajes. Estos son sólo algunos de ellos:

No hay que resistirse a las fuerzas que intervienen en el duelo

De los aprendizajes más importantes, este lo considero el principal. En el duelo intervienen fuerzas y hay que saber aprovechar la inercia de dichas fuerzas y no resistirse. Por un lado, el duelo como proceso genera una fuerza que es casi animal, es salvaje y arrolladora. Esta fuerza invita a sumergirse en las emociones que trae el proceso: la tristezael miedola soledad o el vacío. Estas emociones pueden ser incómodas de vivir, pero no son dañinas, sino que conforman el camino de baldosas amarillas que nos conduce al final del proceso.
Al tiempo que aparece esta fuerza, también lo hace otra fuerza que tiene la misma intensidad pero va en sentido contrario: es la fuerza de la sociedad, esos mensajes que invitan a retirarse del duelo, a sortearlo; que proponen que no pensemos en ello o que no estemos tristesSe trata de anular la tensión que genera esta lucha entre dos fuerzas opuestas y elegir una. El duelo como proceso conlleva una violencia a la que es difícil sustraerse, es como tratar de esquivar un tornado o un huracán.

Hay que expresar el dolor del duelo

Normalmente esa fuerza generada por la sociedad, por nuestro entorno, por nuestros vecinos, familiares o amigos, va dirigida a evitar que expresemos el dolorA veces nos llegan a decir que estamos locos, que es exagerado, que estamos enfermos, frente a los consejos o recomendaciones de los psicólogos encaminados a permitir la expresión emocional. Para legitimar todos los sentimientos, sean cuales sean, el entorno recurre al argumento de que eso puede conducir irremediablemente a la depresión y que estar triste o tan triste es patológico.
En ocasiones se puede razonar con las personas del entorno que lanzan esos mensajes, para hacerles entender cuál es la realidad del duelo. Otras veces es como darse cabezazos contra una pared. Para todos esos casos en los que parece difícil o imposible que nos entiendan, el consejo es no resistirse. Esto no significa discutir o tratar de imponernos, sino pararse a escucharnos de verdad, a escuchar esa voz interna, de intuición, que se encuentra  más allá de los pensamientos habituales y del ruido interno y que, de alguna manera, sabe lo que nos conviene.

Extremar el autocuidado durante el duelo

El duelo requiere reposo, descansar, cargar las pilas y reponer energías, por eso es fundamental aprovechar las corrientes o las fuerzas que generan estos movimientos. Conviene cuidar el descanso, la alimentación, en definitiva, reponer energías, esfuerzos, para poder afrontar el trabajo del duelo. El ser humano no sólo se nutre de alimento, sino también de aire libre y sensaciones. Procurarse sensaciones que traigan sosiego y aire libre es beneficioso porque ayuda a mantener cierto equilibrio.
Con frecuencia los dolientes nos hablan del tremendo cansancio que les acompaña: de los olvidos, del esfuerzo que supone el día a día… y es que no somos conscientes del trabajo que implica el duelo a todos los niveles. Es importante cuidar el cuerpo,ya que a través de él mismo estamos cuidando partes de nosotros a las que no tenemos un acceso directo.
Para saber más sobre el duelo, os recomendamos la lectura de nuestra Guía de Duelo Adulto, que ofrece pautas para detectar y atender el duelo complicado. La guía está disponible gratuitamente para su descarga en nuestra página web: